Máscaras de igualdad (SUNO)

02/01/2026 3 min
Máscaras de igualdad (SUNO)

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Episode Synopsis


Viernes 2 de enero, 2026.
El Carnaval de Negros y Blancos, arraigado en el sur de Colombia, particularmente en la ciudad de Pasto, nació de un entramado complejo entre tradiciones indígenas, africanas y españolas, forjado en los siglos de coloniaje y resistencia. Sus orígenes más remotos se remontan al siglo XVI, cuando los esclavizados africanos, tras largas jornadas de trabajo en las minas y haciendas del actual departamento de Nariño, lograron negociar un solo día al año —el 5 de enero— para celebrar su libertad simbólica. Ese día, podían bailar, cantar, pintarse el rostro con grasa o jugo de añil y burlarse, con ingenio y codificación cultural, de sus opresores. Así nació el “Día de los Negros”, una jornada de júbilo y transgresión donde la risa y la máscara se volvieron actos de dignidad.
El 4 de enero se celebra el Carnavalito, dedicado especialmente a los niños. Ese día, los más pequeños salen a las calles con pinturas suaves, máscaras de papel y trajes hechos por sus manos o las de sus maestros. Corren, cantan, improvisan danzas, y aunque el festejo es modesto comparado con los días siguientes, tiene una ternura especial: es la primera vez que muchos niños sienten que el carnaval es también suyo, que pueden jugar a transformarse sin miedo.
El 5 de enero, el “Día de los Negros”, la ciudad se tiñe de negro, pero no de luto, sino de vida. La gente se pinta la cara con grasa, con jugo de carbón, con tinta o con lo que encuentre, y baila al ritmo de los cununos, las marimbas y los pitos. No hay jerarquías en la calle: el comerciante, el estudiante, el albañil y el funcionario se mezclan en una marea alegre donde todos son iguales bajo el mismo color. Se hacen bromas suaves, cariñosas, como si el carnaval diera permiso para tocar al otro sin ofender. Ese día, decirle a alguien “¡negro!” no es desprecio, sino complicidad.
El 6 de enero, el “Día de los Blancos”, amanece con nubes de talco en el aire. Desde temprano, la gente lanza harina, albayalde o espuma blanca, cubriendo rostros, ropa, paredes, perros incluso. El blanco todo lo iguala. Nadie se reconoce del todo, y en ese anonimato festivo florecen abrazos espontáneos, risas sin motivo y encuentros inesperados. Muchos preparan desde la noche anterior sus “cajas de blanco”: latas con mezclas caseras de almidón y agua perfumada, o simples bolsas de harina seca que se lanzan al pasar. Aunque hoy hay reglas informales —nada de pintura industrial, nada de agresividad—, el espíritu sigue siendo el mismo: manchar al otro para recordar que, al final, todos estamos hechos de lo mismo.
Detrás de cada gesto, detrás de cada mancha, hay un saber compartido. Los pastusos no explican el carnaval; lo viven. Y aunque los turistas lleguen con cámaras y los medios lo muestren como espectáculo, en el fondo sigue siendo una fiesta de adentro: un rito doméstico que se expande a la calle, una forma de decir, sin palabras, que la historia duele, pero también puede bailarse.
En medio del alboroto del carnaval, cuando las calles se llenan de tambores, pintura y risas, hay otro lenguaje que se habla en voz baja pero con mucho sabor: el de las ollas, los fogones y los mercados de barrio. La gastronomía del Carnaval de Negros y Blancos no es un menú turístico armado para la ocasión, sino la extensión natural de una cocina doméstica que durante siglos ha sabido mezclar el maíz de los indígenas, las especias traídas por los españoles y los sabores que los africanos conservaron en la memoria del paladar. Durante esos días de enero, comer no es solo un acto de necesidad, sino una forma de celebrar la identidad.
Desde antes del 4 de enero, los hornos de barro en los patios de Pasto empiezan a humear. Las familias preparan empanadas de viento, esas que llevan queso suave y masa esponjosa, casi como nubes fritas, y que se reparten entre vecinos como saludo informal. En las esquinas aparecen puestos improvisados donde se vende el cuy asado, dorado y crujiente, servido con papas nativas y una salsa verde que pica justo lo necesario. No es un platillo para todos los días, pero en carnaval se convierte en un lujo compartido, algo que se ofrece con orgullo cuando alguien entra a saludar.
En los mercados públicos, las abuelas —esas que saben las recetas sin tener que anotarlas— venden mazamorra morada hecha con maíz criollo y panela oscura, servida tibia en tazones de barro. Algunas la endulzan con un toque de canela; otras le agregan un chorrito de aguardiente si la noche ha sido larga. Junto a ella no falta el champús, esa bebida espesa y rosada, fermentada con piña, lulo y arracacha, que se bebe fresca y deja un regusto dulce que se pega al alma.
En los barrios populares, cuando termina el desfile o se acaba la pintura, es común que alguien invite a “tomar un plato”. Ahí aparece el llapingacho —tortilla de papa rellena de queso, frita hasta dorarse—, el hornado con mote, o el locro, una sopa espesa que calienta hasta los huesos en la fresca mañana andina. Todo se sirve en platos de loza, con cuchara de palo, sin prisa. Compartir la comida es también parte del ritual: no se pregunta si eres de aquí o de allá, si viniste a ver el carnaval o a vivirlo. Si estás en la mesa, ya formas parte.
Incluso los dulces tienen su papel. Las cocadas, los quesos de mano bañados en miel de caña, los alfeñiques hechos con azúcar y anís, se venden en esquinitas envueltos en papel periódico, como regalos sencillos para llevar en el bolsillo. Y si uno se pierde entre calles empedradas y música de chirimía, siempre habrá alguien que, al verlo sudado y lleno de harina, le ofrezca un vaso de guayaba en almíbar o un trozo de buñuelo recién frito.
Esta ruta gastronómica no está marcada en mapas ni tiene horarios fijos. Está en los olores que salen de las casas, en los puestos de esquina, en los carritos de madera que empujan los niños vendiendo choclos asados. Es una ruta que se recorre con el estómago y con el corazón, y que, más que mostrar platos, muestra cómo en Pasto se cuida la memoria no solo con pintura y música, sino también con cada bocado que une a la gente.
En medio del polvo de talco y las manchas de carbón, algo extraño y hermoso sucede en las calles de Pasto: por unos días, las diferencias que tanto dividen en la vida cotidiana parecen disolverse. No importa si uno vive en una casa de ladrillo o en una de zinc, si estudia en universidad privada o apenas terminó el colegio público, si su apellido suena en los periódicos o nunca ha salido de su barrio. Cuando la cara se cubre de negro o de blanco, el cuerpo se libera de las etiquetas. Y en esa transformación sencilla —a veces con grasa de cocina, otras con harina de la tienda de la esquina— ocurre una suerte de catarsis colectiva.
Pintarse no es disfrazarse para ocultarse, sino para revelarse de otra manera. El negro del 5 de enero no es un color de raza, sino de liberación: es el grito silencioso de quienes, durante siglos, tuvieron que callar; es la memoria de los que cantaban en la mina y reían en la cocina ajena. Al pintarse, incluso quien nunca sufrió opresión directa se pone, por un instante, en la piel del otro. No como burla, sino como homenaje. Y el blanco del día siguiente no es el blanco de la pureza, sino el de la igualdad: un velo suave que cubre a todos sin preguntar quién es quién. Bajo esa capa, no hay ricos ni pobres, jefes ni empleados, autoridades ni ciudadanos. Solo rostros iguales, irreconocibles, hermanados por el juego y la complicidad.
Esa es la magia callada del carnaval: no necesita discursos para recordar que la dignidad humana no se mide por el dinero, el apellido o el título. Basta con una mancha, una sonrisa, un “¡te pinté!” dicho con cariño. En ese cruce de colores, en ese caos alegre donde las jerarquías se borran con harina, la gente recupera algo que la vida moderna le ha quitado: la posibilidad de tocarse sin miedo, de mirarse sin prejuicios, de reírse juntos sin calcular quién está arriba o abajo.
Y aunque al terminar el carnaval las manchas se lavan y los trajes se guardan, algo queda. Una semilla de conciencia, leve pero persistente, de que la desigualdad no es natural, sino construida… y por tanto, desarmable. Porque si por un día todos pueden ser iguales en la calle, ¿por qué no imaginar que eso también sea posible el resto del año? El carnaval no cambia el mundo, pero sí recuerda que otro mundo es imaginable. Y a veces, eso basta para seguir creyendo.
Como ya casi se acaba el número de caracteres de la caja de información, les dejo con la canción que le pedí a SUNO, esperando que esta publicación les haya servido, no solo como entretenimiento, sino que les haya aportado un poco, una chispa de contenido que genera valor.
🎵 🎶 🎶 🎶 🎵 🎼 🎼 ♬ ♫ ♪ ♩
Esta fue una canción y reflexión de viernes.
Gracias por pasarse a leer y escuchar un rato, amigas, amigos, amigues de BlurtMedia.
Que tengan un excelente día y que Dios los bendiga grandemente.
Saludines, camaradas "BlurtMedianenses"!!