Luz en la niebla (SUNO)

18/12/2025 3 min
Luz en la niebla (SUNO)

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Episode Synopsis


Jueves 18 de diciembre, 2025.
A lo largo de la historia y en los rincones más diversos del mundo, la fe ha tomado formas múltiples, como ríos que nacen de distintas fuentes pero que, en el fondo, buscan saciar la misma sed: la del corazón humano por sentido, trascendencia y pertenencia. En muchas culturas ancestrales, la fe se entreteje con la tierra, los ciclos de la naturaleza y los espíritus de los antepasados. No se expresa en dogmas escritos, sino en rituales, cantos, ofrendas y una profunda reverencia por lo sagrado que habita en lo cotidiano: en el maíz que brota, en el río que murmura, en el fuego que calienta y purifica. Esa fe no necesita templos de piedra; su santuario es el mundo mismo, y su liturgia, la vida compartida en comunidad.
En el vasto universo de las religiones llamadas “del libro”, la fe adquiere contornos más definidos por la palabra revelada. Para los judíos, la fe es fidelidad a la alianza sellada en el Sinaí, vivida en la Torá, en la memoria del Éxodo y en la esperanza mesiánica que nunca se apaga del todo. Para los musulmanes, la fe —o iman— es sumisión confiada a la voluntad de Alá, expresada en los pilares del Islam, en la recitación del Corán y en la certeza de que todo proviene y retorna a Él. Y para los cristianos, la fe es relación personal con Jesucristo, el Verbo encarnado, que no sólo enseña el camino, sino que es el camino, y cuya vida, muerte y resurrección transforman la confianza en certeza de amor inquebrantable.
Más allá de estas grandes tradiciones, existen formas de fe que no se encierran en estructuras religiosas instituidas. Hay quienes encuentran lo sagrado en el silencio de la contemplación, en la meditación zen, en la búsqueda interior del dharma, o incluso en el asombro ante la inmensidad del cosmos. Algunos no nombran a Dios, pero viven con una devoción tácita hacia la justicia, la verdad o la compasión, como si en esos valores se manifestara lo más alto del ser humano. Y están también aquellos que, tras haber dudado o sufrido, mantienen una fe herida, frágil, casi tímida, pero que persiste como una brasa bajo la ceniza: no saben bien en qué creen, pero no dejan de esperar.
Lo notable no es tanto en qué se cree, sino cómo se cree. Porque la fe, en cualquiera de sus expresiones, cuando es auténtica, no se impone con ruido, sino que se vive con humildad. No busca aniquilar al otro, sino comprenderlo. No pretende tener todas las respuestas, pero se atreve a hacer las preguntas más profundas. Y en medio de tantas diferencias, en cada rincón del planeta, millones de seres humanos —con nombres, rostros, dolores y sueños— siguen confiando en algo más grande que ellos mismos. No por cálculo, sino por necesidad del alma. Porque, al fin y al cabo, la fe —en sus mil matices— sigue siendo el modo en que el corazón humano dice “sí” a la vida, incluso cuando todo parece invitar a decir “no”.
La fe, en su esencia más humana, no es un adorno espiritual ni un mero consuelo para momentos difíciles; es, más bien, el latido silencioso que sostiene la vida cuando el camino se vuelve incierto. Desde que el hombre alzó los ojos al cielo preguntándose de dónde venía y hacia dónde iba, ha necesitado algo en lo que apoyar el peso de su existencia. No siempre ha sido un dios con nombre, ni un libro sagrado, ni siquiera una doctrina articulada. A veces ha sido simplemente la certeza de que el amor perdura más allá de la muerte, o que el mal no tiene la última palabra, o que hay un hilo invisible que une a todos los seres.
En los momentos de alegría, la fe muchas veces pasa desapercibida, como el aire que se respira sin pensar en él. Pero cuando llega la prueba —la enfermedad, la pérdida, la injusticia, el sinsentido— es entonces cuando aflora, no como una fórmula mágica, sino como una presencia tenue pero firme, como la luz de una vela en medio de la tormenta. No siempre responde a las preguntas, pero permite seguir adelante aun sin respuestas. Y eso, en sí mismo, es un milagro cotidiano.
La fe también da forma a la esperanza. No una esperanza ingenua, que niega la realidad, sino una esperanza encarnada, que mira el sufrimiento de frente y, aun así, cree en la posibilidad del bien. Por eso, en las cárceles, en los campos de refugiados, en los hospitales y en las calles donde el abandono parece ley, hay personas que, movidas por esa fe interior, siguen amando, perdonando, compartiendo, rescatando la dignidad de otros. No lo hacen por obligación, sino porque en lo más íntimo de su ser han intuido —o recibido— una verdad que los urge a no rendirse.
Además, la fe teje comunidad. Raras veces es un asunto solitario. Aun cuando se vive en el silencio del corazón, busca resonancia en otros. De ahí nacen las oraciones compartidas, las peregrinaciones, los ritos familiares, las celebraciones que marcan el paso del tiempo con sentido. En un mundo cada vez más fragmentado, donde tantos viven con la sensación de estar desconectados, la fe, en cualquiera de sus expresiones auténticas, ofrece un lazo: no sólo con lo divino, sino con el prójimo. Porque quien cree en algo más grande que sí mismo, suele descubrir que su hermano también forma parte de ese misterio.
Por supuesto, la fe no exime del error, ni del fanatismo, ni del sufrimiento. Ha sido mal usada, manipulada, convertida en arma. Pero eso no es culpa de la fe en sí, sino de la fragilidad humana que la viste con sus sombras. La verdadera fe, aquella que nace del encuentro con lo sagrado, siempre conduce a la libertad, al respeto y a la ternura. No grita; escucha. No condena; acoge. No se impone; se entrega.
En definitiva, la fe importa porque el ser humano no vive solo de pan, ni de datos, ni de logros. Necesita raíces y alas: raíces que lo anclen a algo que lo trasciende, y alas que le permitan imaginar un mundo más justo, más bello, más humano. Y en ese equilibrio entre lo terreno y lo eterno, entre la duda y la confianza, entre la historia y el misterio, la fe sigue siendo —aunque pase de moda o sea incomprendida— una de las formas más profundas en que el hombre dice “sí” a la vida.
Si la fe desapareciera del corazón humano, el mundo no se detendría, cierto; los trenes seguirían su curso, las ciudades seguirían brillando de noche, los mercados abrirían y cerrarían como siempre. Pero algo esencial se apagaría en el alma colectiva. No sería solo la ausencia de templos vacíos o el silencio en las campanas, sino una sequía más íntima: la pérdida de aquella mirada que, aun en medio del desastre, sigue creyendo que hay algo más allá del mero encadenamiento de causas y efectos.
Sin fe, la vida correría el riesgo de convertirse en un cálculo, en una ecuación sin alma. Todo tendría que ser útil, medible, inmediato. El amor mismo —ese acto gratuito de entregarse sin garantías— quedaría en entredicho, reducido a química o estrategia evolutiva. La esperanza, despojada de raíces trascendentes, se volvería frágil, dependiente del último parte médico, del último informe económico, del último “me gusta”. Y cuando esos fallaran, como inevitablemente ocurre, no quedaría casi nada a lo que aferrarse.
Los grandes sufrimientos —la muerte de un hijo, la traición, la injusticia sin remedio— se volverían absolutos, sin horizonte. Ya no habría consuelo que no fuera paliativo, ni duelo que no terminara en desesperanza. La muerte perdería toda dimensión simbólica y se convertiría en un simple punto final, frío y definitivo, sin eco, sin promesa, sin misterio. Y con eso, también se perdería la ternura que nace de saber que el otro es más que su cuerpo, más que su error, más que su utilidad.
Peor aún: sin fe, la justicia se haría más difícil. Porque la fe, en su raíz más auténtica, siempre ha sido subversiva: ha recordado a los poderosos que no son dioses, y a los oprimidos que no están solos. Ha encendido revueltas de conciencia, ha inspirado leyes más humanas, ha dado valor a quienes enfrentaron tiranías con las manos desnudas y el alma firme. Sin esa brújula interior que apunta a lo sagrado en cada persona, el mundo se volvería más cínico, más eficiente, tal vez, pero también más cruel.
Claro que también hay quien vive sin fe explícita y conduce una vida admirable, llena de bondad y sentido. Pero incluso en esos casos, suele haber una especie de “fe laica”: una confianza en que la verdad importa, que el bien vale la pena, que la belleza salva. Son ecos, quizás inconscientes, de esa misma hambre espiritual que la fe ha sabido nombrar y cultivar a lo largo de los siglos.
En el fondo, un mundo sin fe no sería necesariamente más racional, sino más desesperado. Porque la razón sola no basta para sostener el alma cuando todo tiembla. La fe, incluso la más pequeña, es como una semilla de eternidad sembrada en la tierra efímera del aquí y ahora. Y aunque el viento sople fuerte, esa semilla insiste: en el amor, en la verdad, en la posibilidad de que, al final, todo tenga sentido. Sin ella, el ser humano caminaría, sí, pero con los ojos bajos, sin estrellas a las que alzar la mirada.
Como ya casi se acaba el número de caracteres de la caja de información, les dejo con la canción que le pedí a SUNO, esperando que esta publicación les haya servido, no solo como entretenimiento, sino que les haya aportado un poco, una chispa de contenido que genera valor.
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Esta fue una canción y reflexión de jueves.
Gracias por pasarse a leer y escuchar un rato, amigas, amigos, amigues de BlurtMedia.
Que tengan un excelente día y que Dios los bendiga grandemente.
Saludines, camaradas "BlurtMedianenses"!!