Pagode Mix

05/01/2026 10 min
Pagode Mix

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Episode Synopsis

El pagode nació en las calles, en los patios y en las casas del barrio de Cidade Baixa, en São Paulo, durante los años 80, cuando un puñado de músicos comenzó a reunirse en torno a instrumentos sencillos y melodías que respiraban cotidianidad. No era entonces un fenómeno comercial ni una etiqueta de género, sino una forma espontánea de cantar la vida, el amor y la saudade con un tono cercano, casi conversacional. Se nutría del samba tradicional, especialmente del samba de raíz y del partido alto, pero le añadía un aire más desenfadado, más íntimo, con arreglos más suaves y letras que reflejaban el día a día del pueblo.
Los primeros grupos, como Fundo de Quintal, fueron clave al incorporar instrumentos que antes no eran comunes en el samba: el tantan, el repique de mão, el banjo com alça —una variante brasileña del banjo con un sonido más grave— y hasta el tantã, que aportaba un ritmo más bailable y pegajoso. Con ellos, el pagode dejó de ser solo una reunión informal para convertirse en un estilo con identidad propia. Pronto, otros grupos como Raça Negra, Só Pra Contrariar y Grupo Revelação comenzaron a popularizarlo a nivel nacional, llevando sus canciones a las emisoras de radio, a los karaokes y a los corazones de millones.
Aunque en los 90 el llamado “pagode romántico” fue criticado por algunos puristas del samba por su supuesta comercialización, lo cierto es que logró mantener viva la esencia rítmica y poética del samba en un momento en que otros géneros empezaban a dominar la escena musical brasileña. Con el tiempo, el pagode evolucionó, se ramificó, y hoy convive en varias vertientes: desde el pagode tradicional, fiel a sus raíces, hasta versiones más modernas que se mezclan con el funk, el pop o el axé.
Más allá de las clasificaciones, el pagode sigue siendo, en su núcleo, una música de encuentro. Una excusa para reunirse, para cantar en coro, para abrazar a alguien o para recordar un amor que ya no está. No necesita grandes escenarios ni luces espectaculares; basta con una guitarra, una pandereta y una voz que hable desde el pecho. Por eso, aunque el tiempo pase y los estilos cambien, el pagode persiste: no como un museo sonoro, sino como una conversación que nunca termina.
El pagode, aunque nacido en los arrabales y en fiestas de patio, fue traspasando las cuerdas de los instrumentos y las letras de sus canciones para impregnar otras esferas de la cultura brasileña. En la literatura, su lenguaje cotidiano, cargado de metáforas sencillas y emociones sin artificios, inspiró a escritores que buscaban capturar la voz del pueblo. Autores como Ferréz o incluso Paulo Lins, en ciertos pasajes de sus obras, reflejan ese modo de hablar que el pagode popularizó: directo, melancólico a veces, pero siempre con una sonrisa escondida en medio del lamento. No es raro encontrar en cuentos o novelas referencias a versos de Raça Negra o a esas reuniones donde el samba y el pagode se mezclan con el olor a feijoada y el humo del cigarro.
En el cine, el pagode aparece como banda sonora natural de historias urbanas, especialmente aquellas que retratan la periferia, la juventud y las relaciones amorosas desde una mirada realista. Películas como Cidade de Deus no lo incluyen directamente como estilo dominante, pero en producciones posteriores, como Se Eu Fosse Você o incluso en series de televisión ambientadas en los años 90, el pagode suena como el latido emocional de ciertos momentos: una despedida, un reencuentro, una fiesta improvisada en la azotea. Su presencia no es siempre protagonista, pero casi nunca es decorativa; el pagode en la pantalla funciona como un personaje silencioso que sabe lo que siente la gente antes de que lo digan.
La moda, por su parte, también bebió de su estética relajada. En los años 90, cuando el género explotó en popularidad, los músicos de pagode —con sus camisetas holgadas, collares con medallones, pantalones baggy y, a menudo, el pelo rastreado o con trenzas— marcaron tendencia entre los jóvenes de las periferias y luego en todo el país. Esa mezcla de estilo urbano, sencillez y orgullo afrobrasileño se volvió referente visual, no solo en el vestir, sino también en la actitud: ni ostentosa ni resignada, sino confiada, cercana, con una identidad clara.
Y en la música, su influencia es aún más palpable. El pagode se convirtió en puente entre el samba clásico y nuevas generaciones que buscaban ritmos con raíz pero más accesibles. Artistas del funk melódico, del pop brasileño e incluso del forró incorporaron su cadencia, sus arreglos vocales en coro y esa forma tan particular de narrar historias de amor y desamor. Hasta el trap y el rap contemporáneos, en ciertos momentos, citan o samplean clásicos del pagode, no solo por nostalgia, sino por el peso emocional que esas melodías siguen teniendo. Porque, al final, el pagode nunca fue solo un género: fue una manera de sentir, de hablar, de abrazar el mundo con los pies descalzos y el corazón en la garganta.
El pagode suena como suena porque se construye con instrumentos que respiran cercanía, que no necesitan grandes escenarios ni amplificación excesiva para emocionar. En su núcleo están los mismos que heredó del samba, pero con giros propios que le dieron un color más íntimo, más rítmico, más de fiesta de patio que de desfile de escuela. El cavaquinho, por ejemplo, sigue siendo un pilar: pequeño, ágil, con ese rasgueo nervioso que sostiene la melodía y marca el pulso sin imponerse. Pero en el pagode no solo acompaña; a menudo dialoga con la voz, como si le respondiera entre versos.
El tantan, quizás el instrumento más emblemático del pagode moderno, sustituyó en muchos casos al tradicional surdo. Más bajo, más gutural, se toca con las manos y le da a la base rítmica una cadencia más suave pero igual de envolvente, perfecta para ese balance entre lo bailable y lo sentimental que caracteriza al género. Junto a él, el repique de mão —un tambor alargado, agudo y punzante— aporta los acentos que cortan el aire, esos golpes secos que marcan los cambios y levantan el ánimo en el coro.
El banjo com alça, una invención genuina del pagode paulista, es otra de sus señas de identidad. No es el banjo estadounidense; es más grave, más cálido, con cuerdas de acero y un cuerpo adaptado para sonar como una extensión del bajo, pero con brillo. Se dice que fue creado casi por necesidad: los músicos buscaban un sonido que reforzara la base armónica sin perder la ligereza, y terminaron forjando un instrumento que hoy es símbolo del género.
Claro que tampoco faltan la viola, la guitarra y, por supuesto, las palmas. Muchas veces, el verdadero motor del pagode no está en los instrumentos, sino en las manos de quienes rodean al círculo, marcando el ritmo con palmas sincopadas que nacen del cuerpo antes que del pensamiento. Y en medio de todo eso, la voz: a veces solista, a veces en coro, siempre con ese deje conversacional, como si contara un secreto al oído de quien escucha. No se necesita orquesta, ni tecnología, ni efectos. Solo unos cuantos instrumentos bien tocados, corazones sinceros y la certeza de que, mientras haya alguien dispuesto a cantar y otro a escuchar, el pagode seguirá vivo.
El pagode no se midió solo en discos vendidos ni en emisoras que lo pusieron en rotación; su verdadero peso está en cómo se metió en la vida de la gente, en cómo transformó el modo en que millones de brasileños hablan de amor, de pérdida, de fiesta y de barrio. Surgido en los márgenes —en esos patios traseros donde el asfalto no alcanza y donde la música nace sin permiso—, se convirtió con el tiempo en un fenómeno tan masivo como cotidiano, tan popular como profundamente arraigado en la identidad cultural del país. No fue solo un estilo musical; fue una forma de resistencia suave, una manera de afirmar la alegría sin negar la tristeza, de celebrar sin olvidar de dónde se viene.
A diferencia de otros movimientos que nacen en los centros culturales o en los estudios de grabación, el pagode empezó en la calle, en la improvisación, en la necesidad de cantar lo que se vive. Por eso, cuando llegó a las radios y a los grandes escenarios, ya llevaba consigo el olor del barrio, la cadencia de la periferia y la sabiduría de quien sabe que la vida es dura, pero que también tiene su ritmo. En los años 90, cuando Brasil atravesaba cambios políticos y sociales profundos, el pagode ofreció un refugio emocional: no era revolucionario en el discurso, pero sí en su capacidad de dar voz a lo íntimo, de dignificar lo sencillo, de hacer poesía con lo que otros consideraban banal.
Su impacto trascendió generaciones. Abuelos tarareaban sambas de raíz, padres cantaban pagode en las fiestas familiares, y los hijos, aunque crecieran escuchando funk o hip hop, terminaban reconociendo en esas letras una forma familiar de sentir. El pagode logró algo raro: volverse universal sin perder su acento local. Hoy, incluso cuando no suena explícitamente, su espíritu persiste: en la manera en que se entonan los coros en las gradas de los estadios, en las reuniones donde alguien saca un cavaquinho del armario, en las redes sociales donde un verso de los 90 vuelve a circular como si fuera nuevo.
Más que un género, el pagode es un ritual compartido. Un hito no por su ruido, sino por su calidez; no por su espectacularidad, sino por su cercanía. Y tal vez por eso, aunque el tiempo pase y los estilos vayan y vengan, sigue siendo ese lugar al que la gente vuelve cuando quiere sentirse en casa, aunque sea solo por una canción.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
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