La Mesa Redonda (SUNO)

06/01/2026 3 min
La Mesa Redonda (SUNO)

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Episode Synopsis


Martes 6 de enero, 2026.
La celebración del Día de Reyes tiene raíces que se hunden en los estratos más antiguos del cristianismo occidental, pero su forma actual es el fruto de siglos de mezclas culturales, devociones populares y tradiciones domésticas. Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los creyentes miraban con veneración el episodio evangélico en que unos sabios, procedentes de oriente, seguían una estrella para rendir homenaje al niño Jesús. Aunque el Evangelio de Mateo no menciona su número ni sus nombres, con el tiempo la tradición los fijó en tres —Melchor, Gaspar y Baltasar— y los elevó al rango de reyes, dotándolos además de orígenes simbólicos: Europa, Asia y África.
Durante la Edad Media, en distintas cortes europeas, la festividad del 6 de enero —Epifanía, que significa “manifestación”— se convirtió en ocasión para banquetes, intercambio de regalos y juegos de roles, en los que incluso los siervos podían vestirse como señores por un día. En España, la festividad fue ganando terreno frente a la Navidad como momento central del regalo, especialmente entre los niños, en buena parte por la fuerte impronta de la Contrarreforma, que buscaba reforzar los símbolos católicos frente a las celebraciones más laicas o protestantes.
Conforme avanzaron los siglos, la figura de los Reyes Magos se volvió más íntima, más familiar. Dejaron de ser solo personajes litúrgicos para convertirse en protagonistas de rituales domésticos: las cartas escritas con esmero, las zapatillas dejadas junto a la puerta la noche anterior, el heno para los camellos, el vaso de leche o el plato con turrón como agradecimiento. En muchos hogares, la ilusión infantil se entretejió con la complicidad de los adultos, creando una tradición que trascendía lo religioso y se volvía un rito de paso, de comunidad y de afecto.
En la víspera del 6 de enero, muchas casas cobran un aire distinto. Los niños, con esa mezcla de emoción y nervios que solo ellos saben manejar, preparan la escena como si montaran un pequeño teatro para la noche más mágica del invierno: dejan sus zapatillas bien alineadas junto a la puerta, a veces también un plato con agua o leche, un trozo de pan o incluso un puñado de paja para los camellos. Los adultos, con una sonrisa cómplice, repasan mentalmente los regalos escondidos en el armario, y en más de un hogar se cuece o se compra el roscón, ese bizcocho esponjoso coronado de frutas escarchadas que parece una pequeña fiesta sobre la mesa.
Al despertar, la casa se llena de gritos, de papel rasgado, de abrazos torpes con los brazos cargados de cajas. Pero antes de abrir los regalos, y a veces incluso antes de desayunar, hay que partir el roscón. Ahí está el clásico sorteo casero: quien se encuentra la figurita es rey o reina por un día, y quien da con el haba paga el pastel o carga con alguna broma cariñosa. Es un juego sencillo, pero que une. En torno a esa mesa, entre migas y risas, se teje algo más que una tradición: una memoria compartida que se repite año tras año.
En las calles, las cabalgatas del día anterior aún dejan eco. Miles de personas, desde los más pequeños hasta los abuelos, se agolpan en las aceras para ver desfilar a los Reyes en carrozas iluminadas, arrojando caramelos que los niños recogen con las manos llenas de esperanza azucarada. Es un espectáculo sencillo, pero cargado de simbolismo: la llegada de los regalos no es fruto del azar ni del mercado, sino de un viaje hecho con intención, de un gesto deliberado de generosidad.
Lo curioso es que, pese a los cambios sociales, a la tecnología y al ajetreo moderno, estas costumbres siguen vivas, no por imposición, sino porque responden a algo profundo: la necesidad de asombro, de ritual, de saber que, al menos una vez al año, alguien piensa en ti con cuidado, con cariño y, tal vez, con un regalo envuelto en papel de colores.
En torno al Día de Reyes no solo se tejen historias y rituales, sino también sabores que viajan de generación en generación, marcando el cierre de la temporada navideña con un festín tan simbólico como entrañable. La llamada “ruta gastronómica” de esta festividad no es un itinerario señalado en mapas, sino un paseo íntimo por cocinas, hornos familiares y mercados donde los ingredientes se vuelven parte de la celebración misma.
En España, el roscón de Reyes es la estrella indiscutible. Ese bizcocho ligero, perfumado con agua de azahar, coronado con frutas escarchadas que brillan como joyas humildes, se hornea en casa o se encarga con días de antelación a la pastelería de confianza. Cada región le da su toque: en algunas zonas se rellena de nata, en otras de crema pastelera o incluso de trufa, pero su esencia permanece: una masa esponjosa que guarda en su interior sorpresas pequeñas —una figurita, un haba— que dictan, medio en broma, medio en serio, quién reina y quién paga.
Más al sur, en Andalucía, no faltan los pestiños, esos buñuelos dorados bañados en miel que se freían tradicionalmente en aceite de oliva y se preparaban en grandes cantidades para repartir entre vecinos. En Extremadura, el mantecado y el turrón siguen presentes en las mesas, como si la Navidad aún no quisiera despedirse del todo. En Cataluña, algunos acompañan el roscón con cava, brindando con la familia alrededor de la mesa, mientras en Galicia no es raro encontrar el queimado, esa bebida de aguardiente con azúcar quemada, canela y café, que se prepara con un ritual casi teatral, invocando protección contra los malos espíritus.
Al otro lado del Atlántico, la ruta se bifurca con colores propios. En México, el rosca de Reyes —más grande, más festiva— se comparte en círculos amplios: familia, amigos, compañeros de trabajo. Lleva higos, acitrón, nueces, y esconde en su masa decenas de figuritas del Niño Dios. Quien la encuentra no solo corre con los honores, sino con la obligación de invitar tamales el 2 de febrero, en la Candelaria, cerrando así un ciclo culinario que conecta dos fechas. En Puerto Rico, el arroz con dulce y el tembleque se mantienen en la mesa como herencia taína y africana, dulces que equilibran la solemnidad del día con la calidez del caribe.
Lo que une todas estas tradiciones no es solo el uso del horno o la receta, sino la intención: cocinar para compartir, para recordar, para incluir. Las abuelas enseñan a amasar el roscón a sus nietos, los vecinos intercambian porciones, los amigos se reúnen en torno a una mesa llena de migas y risas. La gastronomía del Día de Reyes no es un lujo, sino un lenguaje: uno hecho de harina, azúcar y memoria, que dice, sin palabras, “aquí estamos, juntos, otra vez”.
Hay algo profundamente igualador en el acto sencillo de partir un roscón. No importa si se compró en la pastelería más antigua del barrio o si se horneó en casa con harina justa y el último huevo del frigorífico; al colocarlo en la mesa, todos se inclinan hacia él con la misma curiosidad, con la misma sonrisa contenida. En ese momento, por breves instantes, las distancias se acortan. El vecino del ático y el del bajo, el tío que siempre llega con problemas y el primo que acaba de empezar un nuevo trabajo, los niños que aún no entienden de deudas y los mayores que ya saben demasiado de carencias: todos comparten el mismo trozo de masa perfumada, el mismo juego de la figurita, el mismo gesto de ofrecer el primer pedazo al más pequeño o al más viejo.
El roscón no juzga. No pregunta cuánto se gana, a qué escuela van los hijos, ni si el mes ha sido fácil o imposible. Solo pide una cosa: que se coma en compañía. Y en esa exigencia mínima —casi humilde— reside su poder catártico. Porque alrededor de ese bizcocho no hay lugar para las jerarquías. El que lo trae no lo hace como una demostración de estatus, sino como un puente afectivo. El que lo recibe no lo hace con envidia, sino con gratitud. Y cuando alguien encuentra la figurita y se corona con papel de periódico o el gorro de fiesta arrugado, todos ríen, sin ironía, con una ternura genuina que pocas veces permite la vida adulta.
En épocas de fiestas saturadas de consumo, donde los regalos a menudo miden más el bolsillo que el corazón, el roscón resiste como un acto de resistencia emocional. Es barato, accesible, casi doméstico, y sin embargo cargado de significado. No necesita envoltorios ni etiquetas de marca. Basta con que alguien lo haya pensado, preparado o traído con intención. Y en ese gesto sencillo, casi inadvertido, se produce una especie de alivio colectivo: la sensación de que, al menos hoy, todos somos merecedores de un dulce, de una sorpresa, de un reino efímero y compartido.
Por eso, más allá de su forma redonda o sus frutas escarchadas, el roscón funciona como un pequeño milagro cotidiano: no cura las heridas del mundo, pero por un rato las hace invisibles. Y en tiempos en los que las grietas sociales parecen ensancharse cada día, ese momento de igualdad alrededor de una mesa —con las manos pringadas de azúcar y el corazón más ligero— es, tal vez, uno de los regalos más verdaderos que aún se pueden hacer.
Como ya casi se acaba el número de caracteres de la caja de información, les dejo con la canción que le pedí a SUNO, esperando que esta publicación les haya servido, no solo como entretenimiento, sino que les haya aportado un poco, una chispa de contenido que genera valor.
🎵 🎶 🎶 🎶 🎵 🎼 🎼 ♬ ♫ ♪ ♩
Esta fue una canción y reflexión de martes.
Gracias por pasarse a leer y escuchar un rato, amigas, amigos, amigues de BlurtMedia.
Que tengan un excelente día y que Dios los bendiga grandemente.
Saludines, camaradas "BlurtMedianenses"!!